MENSAJE DEL RECTOR BOZZANI A LA COMUNIDAD DE LA UNLA

Discurso pronunciado por el rector de la Universidad Nacional de Lanús, Mtro. Daniel Bozzani, en ocasión de la Asamblea Universitaria Ordinaria realizada el día 18 de diciembre de 2024.
Por Daniel Bozzani *

 

Queridos asambleístas, compañeros y compañeras:

Estamos asistiendo y conviviendo con una Democracia de bajísima intensidad. Y es por eso que construir un proyecto colectivo y reconstruir la conciencia jurídica popular, deberían ser el epicentro de todas nuestras acciones en tanto responsables en el cogobierno de una institución que lleva en su vientre la génesis de los más altos principios de ese entendimiento democrático.

El enorme dinamismo de las universidades nacionales públicas no puede verse esmerilado por posturas dóciles y complacientes. La vigencia y la estima de nuestras universidades no pueden ser arrasadas por una coyuntura impiadosa, impúdica y provocativa.

Nosotros tenemos, como comunidad, la responsabilidad y el compromiso de favorecer todas las acciones necesarias para que este presente devastador no se profundice. Tendremos que discernir con urgencia entre la mezquindad y la grandeza de quienes tienen la posibilidad de propiciar una transformación. Los dirigentes, y quienes tengan tareas de responsabilidad de conducción, tienen la obligación y el mandato de no coexistir con la mezquindad y la soberbia.

Todo lo que no se haga y todo lo que se manche y se deshonre por egoismos y vanidades, no tendrá indulgencia alguna por parte de una sociedad que en su gran mayoría ni siquiera tiene la oportunidad de intervenir en sus propias vidas y recuperar su integridad como seres humanos.

La continuidad de un pensamiento progresista es la renovación. En la renovación está la continuidad. La continuidad tiene nuevas miradas y nuevas improntas. Esto deshace prejuicios y construye nuevas fortalezas.

No nos podemos permitir no ser custodios de todo aquello que hemos heredado y aprendido. La dignidad de las personas que tenemos más cerca y aún las más alejadas de nuestra comunidad, tienen que ser parte de nuestra experiencia intelectual y humanista, transformada en acciones que demuestren que no declamamos valores sino que ponemos toda nuestra existencia al servicio de nuestro pueblo y de los pueblos humillados y ultrajados de todos los contientes.

 

 

Cómo vamos a enseñar y aprender si no ponemos nuestros ojos en los despreciados, en los descartados por una sociedad indiferente, si le damos la espalda a los genocidios, a las hambrunas que duelen todo el tiempo, a los migrantes y a los desplazados, al agravio que afrentan a millones de hombres y mujeres y niños y niñas, agobiados y oprimidos de tal manera de no poder salirse de su condición intolerable de su ser en el mundo.

Vivimos en un tiempo de tolerancia al desprecio pocas veces visto, que nos llevará, si no nos alertamos desde ahora mismo, a la conformidad, y luego a la resignación que a su vez concluirá constituyéndose en una inacción brutal de todos los estamentos de la sociedad.

Universidad es colectividad. Universidad es universalidad. Universidad es la capacidad que tiene una sociedad y un pueblo de poner al servicio del otro la herencia del conocimiento y la generación de una cognición nueva. El pensamiento crítico, la innovación, el desarrollo tecnológico, la cooperación, la cultura y el arte son la definición más acabada de una propedéutica de la solidaridad entre los hombres.

Una Universidad que declamamos progresista es esta comunidad que reclama el bien común, que tiene en su mástil más alto la bandera de la justicia social y los derechos de la humanidad. No hay forma de pensar en una comunidad educativa y vibrante si no es por el camino de la desesperada e incansable búsqueda de la verdad.

Debemos desencadenarnos y buscar, más allá de nuestros propios laberintos, la claridad para distinguir cuáles son nuestros propios límites y cuáles son los límites de la botas que nos restriegan la cara contra el suelo. Cómo caminar por esa cornisa que ni el equilibrista más avezado de un viejo circo criollo podría atravesar de punta a punta.
Tenemos que estar convencidos que vamos a poder, que vamos a poder trazar esa mediatriz que definirá de qué lado sublimamos un Estado de bienestar y de qué lado está la sumisión y la derrota, porque la voluntad es nuestro valor más inalienable. Todo nuestro contorno está hecho de esperanza y sueños.

Tenemos la obligación de señalar que nos asfixia una realidad política y socioeconómica como pocas veces recordamos. Habrá que vencer a la violencia desatada con una conciliación inteligente. Me apena profundamente la debilidad de una dirigencia de la que el pueblo todavía espera claridades y certezas, pero por sobre todas las cosas, la representación desinteresada y proba, frente a la mezquina y sórdida ceguera que padecen muchos y tantos.

El hombre y la mujer soberanos son el agua solidaria que apaga la sed de los que quedan atascados y débiles en la carrera por la vida humana.

Hay pueblos y naciones enteras que no van a tener una segunda oportunidad. Por eso, desde nuestro pequeño gran territorio, debemos ser una comunidad hacia el mundo.

Vivimos como en un fanzine, pegando y armando nuestra bitácora de cronopios y sortilegios, abriendo puertas y cerrando posibilidades, creando conocimiento y reafirmando un paisaje histórico con el cual tenemos la enorme responsabilidad de unir mundos y fraguar en una sola matriz, la esencia más pura de lo que hemos sabido construir colectivamente.

 

 

Abrir y otra vez abrir. Abrir puertas y ventanas. Que entren y salgan las ideas, las que esgrimimos hoy y a las que podremos recurrir en el momento justo.

Retejer con materiales que ya tenemos es lo que nos pone a la vanguardia del pensamiento y de la acción.

Y esta enorme responsabilidad de traer a la memoria todo el tiempo que sea necesario, las verdades y la historia, es nuestra gran misión. Quizá no estuvimos allí pero nos contaron, o lo leímos o quizas alcanzamos a conocer a los protagonistas de todo aquello que nos marcó para siempre.

Por eso siempre me gusta la imagen de un mantel de pícnic. Allí cada cual y cada quien trae y pone lo que puede, lo que debe, lo que le cuesta, lo que le sobra, lo que quiere compartir, lo que desea, y entonces nos espejamos en tanto lo que somos. Pero finalmente lo compartimos. Y entonces, las pequeñas generosidades y las pequeñas mezquindades se pintan como en una naturaleza muerta, de frutas admirables, de vinos y sabores que determinarán esa comunión despareja o prolija, pródiga o indiferente. Pero todos estaremos sentados en ese mantel a cuadros blancos y rojos, y tomaremos de las mismas jarras y de las mismas bandejitas y platos. Nos escucharemos en esa pluralidad de voces para ser una comunidad organizada y felíz, dispuesta y armonizada para constituirnos en esa necesaria colectividad venturosa y franca, de indeclinables raíces espesas que nacen de la porfundidad de los hombres y de los pueblos.

La Universidad, nuestra Universidad pujante y decisiva es un espacio y un tiempo donde convergen el pensamiento y la enseñanaza, una convergencia que nos proponemos todos los días sea la más excelente y altruista posible. Así como la estética es una convergencia, nuestra comunidad debe ser una concordancia en búsqueda del saber y el conocimiento. Aunque la búsqueda de esa verdad, de la verdad necesaria nos proponga a veces sólo angustia.

Por eso lo pólítico es poético y lo poético es político. Y en esa cornisa una vez más, andamos todo el tiempo. Y ella nos va a iluminar el camino, porque ninguno de nosotros lo podrá hacer. Sólo la pulsión de la supervivencia y la complejidad del amor más simple nos van a mostrar el rumbo de un barco que se mueve a toda velocidad con velas enormes, infladas de sal y viento, sin mostrarnos todavía el destino que avizoraremos más tarde, sin dudas, en la inequívoca potencia de la unidad, de la armonía, del compromiso y el esfuerzo común.

* Rector de la UNLa.