La unidad latinoamericana en el pensamiento político del siglo XX (IV). Los pueblos

El autor aborda nuevos interrogantes sobre los caminos de la unidad regional, con el auxilio, una vez más, de los pensadores de la matriz popular-latinoamericana.
Por Carlos Javier Avondoglio *

 

 

Los brindis pacatos de la diplomacia no unirán a estos pueblos. Los unirán en el porvenir, los votos históricos de las muchedumbres.

Mariátegui, 1924.

 

 

En este artículo desplazaremos nuestro ángulo de mira, dejando atrás la pesquisa sobre los fundamentos del proyecto de unidad regional (el por qué) para dirigirnos a otra no menos entreverada: cómo alcanzar esa unidad, y, por fuerza, a la que anida en su dorso: quiénes están a la altura de la gesta, quiénes pueden confederar los destinos de nuestros países.

Corremos a decir que, también para estas preguntas, existen toda una variedad de respuestas alojadas en ese yacimiento de enseñanzas que es el pensamiento político de raíz popular-latinoamericana o pensamiento nacional.

Con estas páginas completamos mas no agotamos una partitura teórica que, en el final de la serie, nos ayudará a orientarnos dentro del terreno fáctico.

 

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Finalizábamos nuestra última producción afirmando que, más que en la raza, la cultura o la religión aunque no necesariamente en desmedro de esos factores, el cimiento más firme sobre el que puede enderezarse el proyecto de unidad latinoamericana es de naturaleza política, y que el motivo de ello hay que buscarlo en el acumulado de experiencias de tal orden que otorgaron cierta simetría al decurso histórico de nuestros pueblos.

Esta hipótesis, imagina bien el lector, ya adelanta una solución a las incógnitas planteadas más arriba: es mediante el despliegue de una política que haga visibles (y operativos) esos recorridos y desafíos comunes que se vuelve plausible la unidad de la América nuestra. Sin embargo, esta no es más que una coordenada general. Lo que nos proponemos saber es cómo y a través de quiénes puede plasmarse una acción semejante.

Las conjeturas que expondremos a continuación cabalgan sobre una noción de fondo en torno de la mecánica de la historia. El viejo interrogante por el sujeto histórico obtiene de nuestros pensadores una respuesta inequívoca: los artífices de la historia no son los individuos ni los gobiernos, sino los pueblos1. Estos últimos, en todo caso, se sirven de los gobiernos y de los grandes hombres y mujeres que son apenas sus instrumentos para conquistar el futuro al que aspiran.

Entre quienes agitaron con más fuerza esta idea resalta, otra vez, el nombre de Juan Domingo Perón.

 

Ilustración de Carpani en "Bolivia en esta oscura tierra". Fuente: Internet.

 

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En la primera parte de esta saga sosteníamos que lo fundamental del pensamiento de Perón respecto de la unidad latinoamericana estaba formulado en dos breves conferencias de comienzos de la década de 1950, donde el general exponía las razones que, a su juicio, obligaban a nuestra región a avanzar en el proyecto de su unidad. Recapitulemos.

En el artículo publicado en Democracia a fines de 1951, Perón avizoraba que el futuro del planeta estaría signado por una lucha de índole económica ligada a la desigual distribución de población y recursos en las diferentes zonas del globo. América Latina, región dotada de excelentes reservas, debía erigirse como un Estado continental si pretendía ser rectora de su destino y no caer bajo el dominio del imperialismo que resultara triunfante de la confrontación entre los poderes del este y el oeste.

Ahora bien, en aquella entrega inicial dejábamos en suspenso el tratamiento de la conferencia brindada por Perón en la Escuela Superior de Guerra en noviembre de 1953. Este momento es oportuno para exhumar algunos tramos de ese mensaje, ya que remiten de forma directa al tema de nuestro artículo.

Además de regresar sobre los puntos programáticos del texto escrito dos años antes, el presidente argentino narraba ante sus camaradas de armas los escarpados vericuetos por los que se deslizaba el intento de una alianza con Brasil y Chile, poniendo de relieve algunas de las lecciones sobre las que seguiría volviendo en el futuro:

 

[…] cuando hicimos las primeras apreciaciones, analizamos si esto [la unidad latinoamericana] podría realizarse a través de las cancillerías actuantes como en el siglo XVIII, en una buena comida, con lúcidos discursos, pero que terminan al terminar la comida, inoperantes e intrascendentes, como han sido todas las acciones de las cancillerías de esta parte del mundo desde hace casi un siglo hasta nuestros días; o si habría que actuar más efectivamente, influyendo no a los gobiernos, que aquí se cambian como se cambian las camisas, sino influyendo a los pueblos, que son los permanentes, porque los hombres pasan y los gobiernos se suceden, pero los pueblos quedan.

[…]

Y si en el orden internacional quiere realizarse algo trascendente, hay que darle carácter permanente, porque mientras sea circunstancial, en el orden de la política internacional no tendrá ninguna importancia.2

 

“Nosotros [machacaba sobre el cierre de su exposición] tenemos muy triste experiencia de las uniones que han venido por los gobiernos; por lo menos, ninguna en ciento cincuenta años ha podido cristalizar en alguna realidad”. “Probemos el otro camino que nunca se ha probado para ver si, desde abajo, podemos ir influyendo en forma determinante para que esas uniones se realicen”3.

Siendo rigurosos, podemos rastrear la presencia de estas ideas en el pensamiento de Perón mucho tiempo antes de que tuviera lugar la mencionada conferencia; se trata, probablemente, de una intuición muy temprana que se iría consolidando al calor de sus dos primeros gobiernos. El 19 de abril de 1948, en ocasión de despedir a delegados obreros de Latinoamérica, el líder argentino explicaba:

 

Desde hace miles de años, todos los gobiernos de la tierra están empeñados en unir a los pueblos; pero desgraciadamente no es por la acción de los gobiernos que se consigue la verdadera y real unión de los pueblos, según nos lo demuestran los acontecimientos de todos los tiempos. Los pueblos se unen por los pueblos mismos o no se unen.

[…] Es necesario que lleguemos a la conclusión de que cada pueblo ha de servir su destino y que cada gobierno es solamente un instrumento de ese destino.4

 

Fuente: CEDINPE.

 

Varios años más tarde, ya en el exilio, el ex mandatario recuperaba las reflexiones del ‘53 y las volcaba en su libro América Latina: ahora o nunca de 1967 (reeditado con leves variaciones al año siguiente, bajo el título La hora de los pueblos). Munido de la sabiduría que confiere la distancia de los hechos, el general volvía a la carga con su prédica en torno del papel determinante que les cabe a los pueblos y sus organizaciones en el éxito o el fracaso de la empresa unificadora, en la medida que los gobiernos “se cambian como se cambian las camisas” pero “los pueblos quedan”. Esa fértil y convulsa década al mando del Estado argentino habían creado en Perón la certeza de que “en la solución de este grave y trascendente problema [la unidad continental] cuentan los pueblos más que los hombres y que los gobiernos”.

Pero para no dejar estos asertos flotando como una hoja en el aire, inspeccionemos el sustrato del que ellos provenían.

 

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Toda la filosofía política de Perón se encuentra hilvanada por una continua exaltación del protagonismo de las organizaciones libres del pueblo en el gobierno de los asuntos de la nación. Su política rompe el molde aristocratizante del nacionalismo oligárquico —ese que, al momento de su aparición en el escenario, aun pisaba fuerte en el mundo de las armas y de las ideas— precisamente debido al papel rector que le asigna al pueblo, aquel sujeto anónimo y casi siempre ignorado, en el logro de los objetivos que la Revolución de los Coroneles se había planteado en el estremecido mundo que emergía lentamente del horror de la Segunda Guerra. La presencia del pueblo —cuya elevación corría pareja con la organización de una vigorosa industria— no solamente incrementaba las chances de la defensa nacional5, sino que permitía destilar los rasgos reaccionarios y ambiguos del período juniano y agregarle contenido social al proyecto soberanista en curso6.

En la actualidad, las organizaciones libres del pueblo —en tanto que categoría política— están recibiendo una renovada atención por parte de ciertas corrientes políticas y de opinión. Entre las pocas conceptualizaciones que se han intentado, nos inclinamos por aquella que las delimita como un “cúmulo de formas asociativas constituidas de manera orgánica que, a partir de la revolución de Junio de 1943, obtuvieron inédito reconocimiento y apoyo estadual, y que aún —en la actualidad— siguen operando en forma activa dentro de la dinámica política, social, económica y cultural del país”7.

Reproducida esta definición sumaria, la pregunta que brota sola es: ¿por qué no se las llamó simplemente “organizaciones populares”? ¿A qué se debe la irrupción de la palabra “libres” en esa sintaxis? La expresión “surge de una concepción (la justicialista) que en aquellos tiempos sostenía que la acción del gobierno no tendría como fin tutelarlas ni integrarlas al aparato estatal como promovían las doctrinas fascistas —sino muy por el contrario— garantizar y potenciar su propio proceso de auto-organización mediante la menor intervención posible del sector público sobre ellas”8.

Bajo esta luz puede afirmarse que, en el ideario de la revolución peronista, la productividad política de la relación Estado-comunidad se cifró en el grado de autonomía relativa9 de la que gozaron las (también llamadas) organizaciones intermedias. A contramano de esto, en nuestros días es moneda corriente ver procesos políticos populares socavados por el ensimismamiento de elites dirigentes que, persuadidas de la bifurcación entre lo público y lo privado propia de la modernidad burguesa, se sumergen en espirales endogámicas y terminan gritándole a sociedades que se sienten beneficiadas o perjudicadas por sus proyectos, pero no partícipes. Como resultado de dicha dinámica, grandes segmentos de estas sociedades comienzan a mirar a la actividad pública con una mezcla de distancia e ironía, tendiendo a caer, en el corto o mediano plazo, en un estado de abulia, escepticismo y hastío.

 

Gráfica del primer peronismo. Fuente: CEMO.

 

Con una fraseología algo distinta a la empleada por la doctrina oficial del peronismo, Juan José Hernández Arregui mostraba otro perfil de este planteamiento. Para el filósofo, el umbral que separaba a la vieja de la nueva sociedad (al capitalismo dependiente del socialismo) estaba dado por la “transferencia del poder político”, entendida como “un cambio radical en las relaciones de fuerzas de las clases sociales, y por tanto, en la naturaleza misma del poder político”, fruto de la revolución de los sectores básicos de la economía y de las estructuras sociales, culturales y jurídicas del país10.

Este concepto, la transferencia del poder, todavía era pulido por Alcira Argumedo en su libro Los silencios y las voces en América Latina. Movida por esa búsqueda de grandes síntesis que le pone sello a toda su ensayística, la socióloga destacaba el papel de agente interventor que se le otorga al Estado en las tradiciones populares, pero al mismo tiempo aclaraba que de esa visión no se desprende una “necesaria concentración” del poder. Para la autora, “la descentralización de las actividades estatales es uno de los factores que permiten reforzar el poder de las mayorías, a través de formas cogestionarias de carácter social-estatal […] u otras formas de conducción y participación popular que garanticen una transferencia del poder del Estado hacia la sociedad civil”. Este traspaso, continuaba Argumedo, “actúa como un elemento de consolidación democrática que conserva la presencia estatal en las decisiones nodales y en la coordinación de las acciones nacionales e internacionales del proyecto estratégico sustentado por el consenso popular. Una forma de Estado que […] abre las posibilidades legales y materiales para garantizar condiciones participativas que permitan […] la promoción de la creatividad social”11.

Creemos que, lejos de aguarse con los años, la vigencia de estas ideas permanece inalterada. Pero hasta aquí llega nuestra digresión.

Por ahora es suficiente con recordar que, para Perón, “siempre es el Pueblo, en sus múltiples variedades y disonancias, el que llega a realizar las grandes concepciones. Sin el calor popular quedarían archivadas las más bellas creaciones de la mente. Sólo cuando encuentra espíritu vivificador del Pueblo, la idea se transforma en acción y la acción en obra”12. De allí que, en su Mensaje a los pueblos y gobiernos del mundo de marzo de 1972, defina al “problema básico de la mayor parte de los países del Tercer Mundo” como “la ausencia de una auténtica justicia social y de participación popular en la conducción de los asuntos públicos. […]”13, y que el 17 de agosto de ese año, en un artículo publicado en Las Bases, advierta que el país necesita “grandes conductores que, con sensibilidad popular y con la cooperación entusiasta del pueblo, le hagan superar la crisis y cumplir el papel histórico que le corresponde en la lucha por la Segunda Independencia de la América Latina”14; o también que al año siguiente, ya en ejercicio de la primera magistratura, sostenga ante delegados de Naciones Unidas que un gobierno popular demuestra ese carácter cuando le da “al pueblo la participación a que el pueblo tiene derecho en todas las actividades que el país debe realizar”15.

En la misma línea se inscriben los razonamientos formulados por Arturo Jauretche en las páginas iniciales de su ensayo Ejército y Política. La patria grande y la patria chica, donde sostiene que las cuestiones relativas a la defensa nacional y a las relaciones exteriores, lejos de constituir un asunto eminentemente técnico, dependen de la elaboración de una política nacional en cuya discusión “debe intervenir todo el país […]: el geógrafo, el economista, el sociólogo, el político, el jurista, el productor, el sindicalista; todos los que tengan un conocimiento que aportar, y también aquellos tan humildes que sólo comprometen su sangre en el negocio”16.

Ya decía FORJA en el primer punto de la declaración de su Asamblea Constituyente (en la misma que habla de “los fines emancipadores de la Revolución americana” y de las oligarquías que, como agentes del imperialismo, “se oponen al total cumplimiento de los destinos de América”) que “la tarea de la nueva emancipación sólo puede realizarse por la acción de los pueblos”17.

 

Declaración constituyente de FORJA. Fuente: Internet.

 

En idéntico sentido, y con el ánimo de “aportar a un punto de partida alternativo en el debate de un proyecto de unidad de los pueblos latinoamericanos, sustentándolo en los amplios y fructíferos ámbitos de interés común que pueden desplegarse en las áreas económicas, científico-tecnológicas, políticas, sociales, culturales, comunicativas, militares”, Argumedo desgranaba el amplio espectro de áreas e instituciones que deben verse involucradas en el esfuerzo articulador, ya que

 

la complejidad de un proceso de tales características debe ser impulsado en diversos planos. Y si bien los Estados desempeñan un papel protagónico como responsables de las conducciones nacionales, esta actividad debe complementarse con los vínculos entre organizaciones intermedias, sectoriales y de base, propias de la sociedad civil. Principalmente las universidades y los centros de investigación y desarrollo científico; las organizaciones sindicales y las diversas formas organizativas populares; los movimientos juveniles, femeninos y similares; las instituciones y grupos culturales y artísticos; y todas aquellas instancias sociales cuyos núcleos de interés y cooperación los señala como los actores más idóneos para impulsar un camino de articulación continental democrático y participativo.18

 

Así queda demostrado que, para la tradición popular-latinoamericana, la definición de un nuevo rumbo histórico precisa del concurso activo de las masas populares. En particular, la gesta de la unidad continental depende de energías tan colosales que su realización sobrepasa por mucho las capacidades estatales. Por lo tanto, abandonarla al hermetismo de las cancillerías, a las enjundiosas cumbres regionales, o dejarla librada a la iniciativa de valerosos (pero a menudo solitarios) liderazgos, equivale a dictaminar su inevitable fracaso. Donde la diplomacia tradicional encuentra sus fronteras deberá alzarse tarde o temprano la diplomacia de los pueblos19, dejando atrás el azar y la inestabilidad que ha signado hasta ahora a los intentos de enlazamiento regional y construyendo las bases profundas y perdurables que esta hazaña reclama.

 

Unidad y revolución, asuntos coordinados

Hay una suerte de estribillo que se repite en la mayoría de nuestros pensadores, pero con especial nitidez en aquellos provenientes del marxismo. Al lado del precepto de que la liberación no sobrevive en la insularidad20, que es el que hemos venido desentrañando hasta aquí, se levanta este otro (su reverso o complemento): a la unidad se llega por el camino de la revolución.

Si tenemos en cuenta el horizonte simbólico y de acción de la época, resulta natural que ambas líneas, unidad y revolución, aparezcan superpuestas. La revolución, ideal que rajó como una tela al siglo, imantó con fuerza irresistible a los procesos de cambio en todos los rincones del planeta, lo que se constató con asombroso ímpetu en el hirviente Tercer Mundo.

En esa atmósfera vertiginosa, grávida de riesgos y osadías, el joven Haya de la Torre denunciaba la complicidad de nuestras clases dominantes con el amo extranjero, mientras manifestaba que

 

la guerra contra el imperialismo y por la unidad de América la harán los pueblos, los productores, contra los yanquis y contra sus cómplices, conquistando el poder político y sujetándose a una disciplina internacional de un partido que, como el A.P.R.A. […], abarque todas las fuerzas renovadoras de nuestra América y organice el levantamiento redentor, la nueva epopeya de la nueva libertad. […]21
 

Algunas décadas después, en la Argentina, el colorado Ramos hacía lo propio, colocando en un solo plano la unidad regional y el protagonismo revolucionario de las masas. Para él,

 

esta unión no será el fruto de los razonadores estériles de la diplomacia, de los técnicos híbridos que semejan "cuchillos sin hoja", ni de las conferencias incesantes de la CEPAL, que sólo ha logrado el autodesarrollo de los bien remunerados desarrollistas, sino el resultado de la revolución triunfante. La unidad de América Latina llega demasiado tarde a la historia del mundo como para que sea el coronamiento del desenvolvimiento automático de las fuerzas productivas de su anémico capitalismo.

[…] La coincidencia y la unidad política de los Estados permitirán el pleno despliegue de los grandes proyectos que permitan a la América Criolla desenvolver el formidable emporio físico que descubrió Alejandro de Humboldt. Pero esa unidad política pasa por el meridiano de la revolución nacional latinoamericana.22

 

Pero ese protagonismo al que hacemos referencia no se partía como un mosaico entre los distintos sectores de la sociedad, sino que se integraba a las tareas fundamentales de la clase trabajadora en su marcha segura hacia el socialismo:

 

Tanto como para Rusia, en América latina la resolución de las tareas democráticas y nacionales sólo pueden lograrse por medio del socialismo. La burguesía nacional es incapaz de lograr el dominio político en el interior de cada Estado balcanizado; con mayor razón, ni sueña con la unidad de todos ellos. Precisamente por esa causa la tarea de Bolívar pasa a los discípulos de Marx. Éstos no podrán realizarla, sin embargo, sin la tradición de Bolívar ni volviendo las espaldas a los movimientos nacionales.23

 

Poseído por la misma fe, Hernández Arregui advertía a sus contemporáneos que las revoluciones nacionales sólo podían completarse en espejo con la revolución iberoamericana, y que eran los pueblos los únicos capaces de coronar con éxito la misión. Así lo dejaba dicho en la página final de ¿Qué es el ser nacional?:

 

[…] La unidad iberoamericana no es un ideal, sino una comprobación histórica. Doscientos millones de latinoamericanos lanzados contra el coloniaje, en las próximas décadas, darán consistencia a este destino. El número tiene potencia y leyes que determinan la política. La amputación de Hispanoamérica deshizo la antigua unidad en la oquedad de un vacío histórico. Pero el sentimiento de la hermandad ha permanecido vivo. Al margen del desarrollo desigual de cada uno de estos países, de sus aires regionales, la América ibérica constituye una estructura geopolítica, cultural y lingüística compacta. La causa del mal que comprime a sus pueblos no es nacional sino iberoamericana.

Y entender este hecho es la franja superior de la conciencia histórica. Sólo el conocimiento de las causas reales que determinan el atraso de estos pueblos puede iluminar el itinerario realizable y grandioso de las revoluciones nacionales y latinoamericana combinadas. Y ésta es una tarea material. Una tarea mayúscula y plural que sólo con las masas puede llevarse a término mediante la formación del frente antiimperialista iberoamericano. […]

[…] En los pueblos anida el porvenir de la América nuestra. Destino que se urde todos los días […].24

 

"El manifiesto" de Ricardo Carpani. Fuente: Artnet.

 

También los aportes de Rodolfo Puiggrós respiraban esta tesis. En una conferencia sobre la integración regional dictada durante su estadía en México, el autor de la Historia crítica de los partidos políticos argentinos se preguntaba: “¿es acertado proyectar los pasos hacia la integración de América Latina a lo largo de una serie de acercamientos y entrelazamientos de las economías de nuestros países y prescindir, o relegar a la zona oscura de lo imprevisto, las contradicciones sociales y las agitaciones políticas internas que anuncian en ellos cambios esenciales de estructura?”. Y, dirigiéndose a su auditorio, apresuraba una respuesta: “a la integración es imposible llegar a través de medidas económicas que supongan inertes, o subordinados a ellas, a las ideologías, a las instituciones políticas y a los pueblos”. Por el contrario, esta “será el resultado de tendencias profundas, de transformaciones totales promovidas por la máxima acción democrática de los pueblos, y no de la aplicación de modelos idealizados o de los consejos de un racionalismo especializado y académico que teme descender a la región peligrosa de los conflictos sociales”25. Y añadía: “La integración concebida a priori y fuera del cambio del sistema social y de la movilización democrática de las masas trabajadoras es tan utópica como las comunidades perfectas soñadas por Moro y Campanella…”26.

Esta utopía, para Puiggrós, estaba incrustada en el corazón de la literatura abocada a la temática:

 

Cuando la economía desconoce y desprecia la función de la ideología y de las luchas de las masas trabajadoras, se separa de la realidad y se convierte en anticiencia. Fácil es comprobar en la literatura integracionista latinoamericana la permanente y obsesa preocupación por paralizar los movimientos emancipadores de los pueblos y por tratar de convencernos de que todo puede arreglarse tranquila y sabiamente si se aplican los esquemas que recomiendan.27

 

E iba un paso más allá en su litigio: “¿Puede y debe hacerse la integración sin contar con cambios revolucionarios que solidifiquen el frente interno e impongan gobiernos populares en los países que andan a la deriva entre un cuartelazo y una parodia de democracia?”28. De lo que se trata, entonces, es de mirar el problema integralmente: “Todo proyecto de integración debe comenzar por ser integral en sí mismo para corresponder a las necesidades reales de desarrollo y unidad de América. No es integral si sólo propone cambios y acercamientos cuantitativos en determinados sectores de la economía y defiende el inmovilismo en otros, así como en la ideología y la política. […]”29.

Ocurre en el fondo que, mientras los “autores del proyecto [integracionista] lo ven como una opción; nosotros lo consideramos el corolario de las transformaciones revolucionarias iniciadas en América Latina”30. Es a esa legión de especialistas a quienes Puiggrós dirigía una y otra vez su arsenal retórico:

 

¿Piensan que basta enunciar una necesidad y las perspectivas del desarrollo y de la integración para que las masas trabajadoras se sientan dispuestas a darles todas sus, sin duda, formidables energías? Nos parece que su esperanza nada tiene de práctica. Si les decimos a los obreros, a los campesinos, a las clases medias, a los técnicos, a los jóvenes y también a los sectores empresarios nacionales acogotados y desplazados por los inversionistas extranjeros que se trata de desarrollar e integrar a América Latina dentro del sistema actual y con la ideología y la política actuales, o sea, de estimular con las proposiciones de los cuatro economistas progresos cuantitativos y no cambios cualitativos, nos mandarán a paseo y nos dirán que están hartos de cocinarse en la salsa de siempre.

[…]

En América Latina amanece con la lucha, el heroísmo y la inteligencia de sus hijos un Nuevo Mundo que será síntesis en una unidad superior de lo que cosechó en el largo y penoso aprendizaje .31

 

Con esto quedan suficientemente contestadas las preguntas planteadas al inicio. En la última parte de esta serie nos serviremos de los conceptos aquí vertidos para analizar una experiencia (la de la Agrupación de Trabajadores Latinoamericanos Sindicalistas) que reunió en su programa muchos de los elementos del ideario popular-latinoamericano y los llevó a la práctica en un recorrido que, aunque endeble o fugaz, dejó un rastro sobre el que vale la pena volver.

 

* Lic. y Prof. en Ciencia Política (UBA). Integrante del CEIL Manuel Ugarte (UNLa) y del Centro de Estudios para el Movimiento Obrero (CEMO).
1. Cuando hablamos de pueblo nos referimos a “la construcción del bloque político-social del conjunto de las clases subordinadas cuyas características son esencialmente históricas, ya que la composición en clases y fracciones sociales que han ido integrando esos movimientos populares han adquirido características disímiles en los distintos países y coyunturas de la historia” (Alcira Argumedo, Los silencios y las voces en América Latina: notas sobre el pensamiento nacional y popular, Buenos Aires: Colihue, 2009; p. 210).
2. La hora de los pueblos (1968), Buenos Aires: Ediciones de la Biblioteca del Congreso de la Nación, 2017; pp. 210-211.
3. Op. Cit.; p. 215.
4. Tomado de: Rodrigo Loza y Javier Vitale (comp.), La unidad sindical continental a través del pensamiento de Perón, Buenos Aires: Federación Gráfica Bonaerense, 2022; p. 18.
5. Los fundamentos de esta política pueden localizarse en el discurso “Significado de la defensa nacional desde el punto de vista militar” pronunciado por Perón el 10 de junio de 1944 en el marco de la inauguración de la Cátedra de Defensa Nacional en el Colegio Nacional de la Universidad de La Plata. Además de su inspiración en la doctrina de la Nación en Armas desarrollada por Colmar von der Goltz, deben computarse, entre muchas otras, las influencias del humanismo-cristiano de Jazques Maritain y José Figuerola.
6. Ramos explicaba así este derrotero: "[...] el grupo de coroneles que en 1930 eran capitanes –Perón, Silva, Sosa Molina, Lucero, González- asesta al viejo régimen tambaleante el golpe del 4 de junio de 1943. Sabían muy poco y estaban llenos de ideas confusas, pero lo poco que sabían lo llevaron a cabo. Las ideas confusas —autoritarismo, clericalismo— quedaron en el camino, junto con los asesores nacionalistas que las propagaban. Lo otro ingresó para siempre en la política argentina. Era simplemente, la idea de la “industrialización de Estado” como parte de la práctica gubernamental. La segunda idea, movilización de la clase obrera vendría a sostener la primera. Y esto ocurrió el 17 de octubre de 1945. El coronel que vio mejor y más lejos el poder intrínseco derivado de una asociación de las dos ideas, fue Juan Domingo Perón. Ese fue todo su secreto, pero había que tenerlo. No lo llevaba consigo desde su nacimiento como Júpiter a Minerva, pero supo descubrirlo en la marejada. Aquella generación militar nacionalista madurada entre el 30 y el 43, se hizo en su mayor parte, peronista. En su origen, el peronismo fue una alianza entre el Ejército y el Pueblo” (La lucha por un partido revolucionario, Buenos Aires: Pampa y cielo, 1964; p. 36).
“El 4 de junio sólo podía salvarse trocándose en 17 de octubre”, resumiría en otro de sus libros el escritor argentino (Revolución y contrarrevolución en la Argentina, tomo 5: “La era del peronismo”, Buenos Aires, Continente, 2013; p. 26).
7. Bonforti, E., Carrasco, G. y Pestanha, F., Organizaciones Libres del Pueblo: Un modelo de relación estado comunidad, Revista Escenarios (Unión del Personal Civil de la Nación), Buenos Aires, 2014, p. 2.
8. Ibídem.
9. Este margen de autonomía no obstaba para que dichas organizaciones pudieran —sin sacrificar del todo su individualidad— consagrarse a una interpenetración recíproca o a una articulación activa con la órbita estatal. Téngase presente que se trataba de un Estado que se redefinía conforme ganaba terreno el modelo de democracia social y participativa promovido por la revolución nacional en marcha; suele decirse que ¡tres mil obreros! ingresaron, por entonces, a la función pública.
10. Juan José Hernández Arregui (1972), Peronismo y socialismo, Ed. Continente, Buenos Aires, 2011; p. 143.
11. “La forma de Estado en estos proyectos se define a partir de un concepto de democracia que desborda el sistema político para promover un modelo democrático abarcador incluyendo la democratización de los procesos económicos; de la educación, la salud, la vivienda, el hábitat y la seguridad social; las comunicaciones y la información; la producción cultural y demás áreas de actividad” (Argumedo, Op. Cit.; p. 253).
Era esto mismo lo que, más acá en el tiempo, afligía a Hugo Chávez cuando en sus meses finales llamaba a dar un “golpe de timón” fortaleciendo la “cultura comunal”, “el alma” del proyecto bolivariano. Y era la misma comprobación la que inducía a Álvaro García Linera a incluir entre las “tensiones creativas de la revolución” la que tiene lugar entre la naturaleza absorbente del Estado y la vocación democratizadora de los movimientos sociales. Todas estas cuestiones han sido tratadas con algo más detenimiento en: Avondoglio, Carlos Javier (2021), Movimiento obrero argentino: una historia política de las últimas cuatro décadas, CEMO, 2023. Disponible en https://drive.google.com/file/d/1aimWfAG40GI1xh0mvlohcn8_iDnqLEsW/view?fbclid=IwAR3IXVO1bfuEf-vYXErFmf578rUQd_q10mROvQJqiZDHKAr6BO_3l6UHzDA
12. Mensaje leído en nombre de Perón el 7 de septiembre de 1973 en la IV Conferencia de Países No Alineados realizada en Argel (tomado de Los estados unidos de América del Sur, Buenos Aires: Corregidor, 1982, p. 131).
13. Mensaje a los pueblos y gobiernos del mundo, Madrid, 23 de marzo de 1972 (tomado de Los estados unidos de América del Sur, Buenos Aires: Corregidor, 1982; p. 84).
14. Segunda Independencia de la América Latina, Las Bases, 17 de agosto de 1972 (tomado de Los estados unidos…; p. 89).
15. Parte de la alocución del entonces presidente en la Confederación General del Trabajo, el 25 de octubre de 1973 (tomado de Los estados unidos…; p. 96).
16. Arturo Jauretche, Ejército y Política. La patria grande y la patria chica (1958), Buenos Aires: Peña Lillo editor, 1984; p. 17.
17. Arturo Jauretche, FORJA y la década infame, Buenos Aires: Corregidor, 2011; p. 81.
18. Op. Cit.; pp. 329 y 330.
19. Esta categoría reconoce su origen en el ex presidente boliviano, Evo Morales, quien la utilizó en la Cumbre de los Pueblos de Mar del Plata del año 2005; luego fue retomada por estudiosos venezolanos y bolivianos (ver: Vargas Zurita, A., “Reinterpretando la Diplomacia de los Pueblos”, en Trabajos y ensayos, número 17. Caracas: UPV/EUH, 2013).
20. “La liberación de un país, frente a la prepotencia imperialista y la traición cipaya, no puede ser insular. De lo que se infiere que la liberación no ha de ser un acto aislado sino una tarea general y coordinada” (Juan D. Perón, La hora de los pueblos (1968), Buenos Aires: Ediciones de la Biblioteca del Congreso de la Nación, 2017; p. 141).
21. Por la emancipación de América Latina, Artículos, Mensajes, Discursos (1923 - 1927) (1927), Buenos Aires: M. Gleizer Editor, 1927; pp. 165 y 166.
22. Historia de la Nación Latinoamericana (1968), Buenos Aires: Continente, 2012; p. 394.
23. El marxismo de indias (1973). Barcelona: Planeta, 1973; p. 296.
24. ¿Qué es el ser nacional?, Buenos Aires: Continente, 2017, p.187.
25. Integración de América Latina, Factores ideológicos y políticos, Buenos Aires: Jorge Álvarez, 1968; pp. 19-21.
26. Op. Cit.; p. 22.
27. Op. Cit.; p. 28.
28. Op. Cit.; p. 56.
29. Op. Cit.; pp. 56-57.
30. Op. Cit.; p. 59.
31. Op. Cit.; pp. 77-80.