La unidad latinoamericana en el pensamiento político del siglo XX (II). Las ideas

Segundo tramo del recorrido por las principales escrituras y discursos en torno de la unidad regional producidos por el pensamiento político —de raíz nacional latinoamericana— durante la segunda mitad del siglo XX.
Por Carlos Javier Avondoglio *

En la primera parte de este trabajo repasamos el modo en que, hacia mediados del siglo pasado, la refundación literaria de la conciencia latinoamericana se elevó a programa político. Así arribamos, sobre el final del escrito, a la obra de Alberto Methol Ferré. Retomemos desde ese punto.

La irrupción del uruguayo en nuestro recorrido le abre un pasillo a un pensador y más puntualmente a un trabajo que, debido a su tema y su génesis, guarda un vínculo especial con uno de los libros fundamentales de Methol. Hablamos de Arturo Jauretche y de su libro Ejército y política. La patria grande y la patria chica. En efecto, el proyecto que origina dicho volumen nace de las conversaciones del pensador argentino con su par montevideano. Según lo relatado por el autor de Los profetas del odio en su prólogo a la edición argentina de El Uruguay como problema, ambos pensadores planearon un trabajo conjunto que no llegó a concretarse, pero que motivó la escritura por separado del texto jauretcheano de 1958 y del célebre ensayo del oriental publicado casi una década más tarde.

En su estudio, donde conjuga dosis perfectas de historia y geopolítica, Jauretche tira del hilo de una oposición básica, alojada en el corazón mismo de nuestras incompletas naciones: la patria grande o la patria chica; dilema que, al mismo tiempo, reflecta una bifurcación relacionada a las concepciones que rigieron la configuración política de los espacios en el Cono Sur, concepciones que el autor, en su estilo paisano, describe con una extraordinaria solvencia:

 

Dos concepciones opuestas han alternado en la política argentina: la que ha cuidado la conservación del espacio original y la que lo ha sacrificado al triunfo de preocupaciones de orden ideológico. Esta fue la que se impuso en Caseros aceptando el achicamiento de nuestro ámbito geográfico. Opuesta ha sido la política de Brasil, que continúa la tradición portuguesa: expansión geográfica fue su signo permanente a pesar de serle más adversas las condiciones geopolíticas. El origen de esta diferencia estriba en la continuidad de una política nacional clásica y realista por parte del Brasil, mientras nosotros hemos estado constantemente jaqueados por la inexistencia de la misma y su sustitución por concepciones ideológicas implícitas a un sentido de subordinación económica y cultural a Europa.

Mientras Brasil puso su acento en la extensión, al igual que nuestros hombres de la PATRIA GRANDE, la PATRIA CHICA se llamó progresista y puso su acento en la profundidad haciendo predominar la idea del progreso acelerado sobre la extensión.1

 

Fuente: CEDINPE.

 

Las dificultades sorteadas por el gigante amazónico en su inverosímil proceso de expansión territorial constituyen, para Jauretche, la prueba cabal de que “la existencia de una Política Nacional es más importante para la vida de las naciones que la geografía, la historia y la población misma”. “¡Cuánto más —añade— que las teorías abstractas, las ideologías y las concepciones universales, ajenas a los hechos!”. Y la condición primaria de una política nacional, continúa, es “la política del espacio”, esto es, la “preocupación por las fronteras”. De allí que pensar una política nacional en la Argentina equivalga a “reconstruir mentalmente la Patria Grande”2.

Sin embargo, Jauretche advierte que el hipotético reagrupamiento sudamericano no podrá entrañar una incorporación de Uruguay, Paraguay y Bolivia al territorio argentino, como si fueran meros desprendimientos de este. Las personalidades de cada uno de esos países, reflexiona, ya se encuentran definidas.

 

Este proceso no es posible ya, ni deseable, políticamente, pero sí por la integración económica y por la comunidad de condiciones sociales y culturales, que deben concurrir con los factores naturales, adversos a las artificiales fronteras políticas que no se corresponden con las estratégicas, que son las del Virreinato.3

 

“Mientras no lo entendamos así —sostiene más adelante—, seremos un país replegado sobre sus bases y condenado a una política puramente defensiva, sin iniciativa propia. Esto es al margen de las fronteras políticas, que pueden seguir siendo las actuales, pero la unidad económico-social del viejo Virreinato es la garantía más seria de nuestra defensa nacional en la que está implícita la capacidad ofensiva”4. Sin correr el foco de lo principal, aquí conviene hacer una pequeña glosa, y apuntar que por “Patria Grande” Jauretche entiende el territorio del extinto Virreinato y no la América Latina toda. Al mismo tiempo, el fundador de FORJA5 se ubica más cerca de la noción de integración económica y cultural que de la de unidad política. Estas son notas distintivas respecto de la mayoría de nuestros autores y, naturalmente, reportan una serie de variaciones en el orden práctico. Pero no nos vayamos tan lejos.

Sería insensato seguir avanzando en este rastreo sin invocar de una vez el nombre de Jorge Abelardo Ramos, autor de una obra que, sin lugar a dudas, ocupa un sitial privilegiado entre los estudios referidos a la articulación del subcontinente. Si bien es cierto que el tema de la unidad regional navega todo el ancho de su obra, es en su Historia de la Nación Latinoamericana (publicada en 1968) donde Ramos termina de redondear sus tesis sobre la cuestión nacional latinoamericana. En este ambicioso trabajo, el Colorado —quien además es responsable de haber repuesto en la escena el pensamiento latinoamericanista de Manuel Ugarte— reformula y amplía sus tentativas juveniles por “concebir en términos marxistas el destino histórico de la gran patria dividida”6. Haciendo gala de una encendida narrativa y de un refinado manejo de conceptos, así como de un audaz empleo de fuentes no necesariamente originales, Ramos construye un objeto particularísimo: una historia de la región tramada por las venturas y desventuras de los intentos por alcanzar su unidad7. Dejemos hablar al autor:

 

La unilateralidad de las economías exportadoras se expresaba jurídica y políticamente en la existencia de veinte Estados ridículos, objeto de las burlas arrogantes de la sociedad europea y sus escribas. Si el capitalismo europeo sólo había podido vencer el particularismo feudal y conquistar su mercado interno con el establecimiento del Estado Nacional, cuyos límites territoriales estaban marcados por la influencia de la lengua, en América Latina el idioma, el territorio, la tradición popular, la unidad religiosa, la psicología común, los análogos orígenes, sólo habían servido para volver más asombrosa su "balcanización", más trágica la deformación cultural, más escandaloso su miserable destino histórico.8

 

Hugo Chávez lee fragmentos de Historia de la Nación Latinoamericana en reunión fundacional de la CELAC. Fuente: Internet.

 

En una edición posterior, Ramos esboza la síntesis que leemos a continuación:

 

La independencia fue irremediable y, a la vez, trágica. Pues la independencia de España nos costó la "fragmentación" en veinte repúblicas impotentes y la subordinación a los nacientes imperios anglosajones. ¿Cuál era, en consecuencia, la esencia del pensamiento político de Bolívar? Crear una Nación americana. Si era posible, proteger su crecimiento y fortalecer su débil estructura bajo el manto protector del viejo Imperio español, con la garantía del carácter constitucional de su centro monárquico.

[…] Pero la formación de los Estados Nacionales unificados en Europa, que serían formidables palancas para su progreso, encontró insuperables obstáculos en la América Criolla. No sólo se oponen a la unidad nacional de América Latina las potencias anglosajonas, cuya divisa, tomada de los romanos, sería divide et impera, sino que las oligarquías portuarias y los grandes hacendados fortalecidos después de las guerras contra España, habrían de confiscar el poder. Las clases dominantes criollas se aliaron al poder imperialista extranjero. Despojaron al pueblo de América Latina de dos valores esenciales: a) la democracia política y económica, y b) el acceso a la civilización moderna, sólo posible por la unidad de la América Criolla en una poderosa Confederación. Tal sería un resumen posible de la historia de América Latina.9

 

Por aquellos años, la Izquierda Nacional surgida en la otra orilla del Plata también se ocupa de la unidad regional, y lo hace a través de la rigurosa pluma de Vivian Trías:

 

[…] ¿Cómo debemos plantear el problema nacional en Latinoamérica? Primeramente, no puede encerrarse en ninguna de las fronteras artificiales que separan a las repúblicas al sur del Río Grande. Las raíces históricas de Latinoamérica, su formación cultural común, su idioma común, su geografía, pero, sobre todo, sus intereses y porvenir están indisolublemente ligados a la gestación de una sola nación de dimensión continental. […]

[…] La liberación económica de nuestros países no puede separarse de su asociación política o sea, de su unidad nacional.10

 

Al tiempo que, en el esquema de ideas de la época, Trías le otorga un carácter irremediable a la integración, éste observa, no sin razón, que el sentido de esa integración no es algo decidido de antemano, en la medida que ella puede ser útil tanto a la servidumbre como a la liberación de estos pueblos:

 

El tiempo de la “balkanización” latinoamericana ha arribado a su ocaso. La integración se producirá de cualquier manera; puede concretarse para afianzar el subdesarrollo y la dependencia colonial, o puede realizarse para superar el atraso y liberarse de la opresión imperialista.

La integración, en sí misma, no es nada más que un instrumento, una herramienta, un medio. Así como un bisturí puede segar o salvar la vida de un hombre, aquélla puede remachar las cadenas de los pueblos o romperlas.

Todo dependerá de a qué estructuras servirá la integración, a qué pautas favorecerá.11

 

***

 

A diferencia de lo que ocurre con otros pensadores de la etapa, a Juan José Hernández Arregui no suele asociárselo rápidamente con el ideario latinoamericanista. Sin embargo, al repasar los cinco volúmenes que componen su obra ensayística, podemos constatar que, en buena parte de ella, este eje aparece con insistencia. Al tema dedica, por ejemplo, el capítulo final de Imperialismo y cultura, trabajo del año ’57 donde aborda el problema de la cultura en un país dependiente. Allí el escritor se pregunta: “¿Reúne América Latina las características genéricas de una cultura? ¿O bien, las fronteras políticas y las sucesivas presiones étnicas y culturales y las penetraciones extranjeras le han hecho perder la intuición esencial de su unidad?”. Luego de darle las vueltas necesarias al asunto12, Arregui concluye que “Hispanoamérica revela la presencia de todos los elementos sustantivos y adjetivos de una Cultura. América Hispánica es una Cultura. Sólo falta saber si la conciencia histórica de su destino futuro —es decir, la capacidad de trascender fuera de sí— está también presente”13.

Dicho de modo más simple: de la existencia de una cultura común o de un contorno espiritual semejante no se deduce mecánicamente una forma política concreta. En esto, como en las demás cosas, no operan los automatismos. Para que esa traducción hacia el ámbito político consiga materializarse, se hace necesaria una acción mancomunada, consciente:

 

El sino mundial de la América Hispánica no podrá realizarse sin la voluntad de sus grupos nacionales integrantes organizados sobre una conciencia común de los problemas. Tal política debe ser la moral en grande del continente. Hispanoamérica se convertirá en potencia mundial, cuando las energías nacionales de sus pueblos se integren en un plan continental capaz de conferirle la categoría de superpotencia. Las desarmonías que obstaculizan esta unión no se fundan ni en antinomias culturales, ni en repulsas históricas, sino en la incomprensión fomentada o en la interferencia de fuerzas ajenas al derrotero de América Hispánica.

La fuerza del continente ha sido su unidad espiritual en medio del formidable desplazamiento del equilibrio mundial de la era imperialista. Pero esa defensa no ha sido suficiente. Hoy, en otra etapa histórica, debemos concebir nuestro destino en términos de política intercontinental. El imperialismo no ha logrado romper nuestra unidad cultural. Semejante hecho, convertido en conciencia política de nuestro destino común, terminará por reintegrar las economías nacionales al centro organizador de la confederación iberoamericana.14

 

Fuente: CEDINPE

 

Aun cuando con estas líneas ya deja dicho lo principal, el filósofo pergaminense no abandona el tema allí. En trabajos sucesivos, Arregui coloca a la cuestión regional en el centro de sus reflexiones. Esto se evidencia, con especial nitidez, en ¿Qué es el ser nacional? de 1963. “Tuve la intención de olvidar un poco a mi país y hacer un libro iberoamericano”15, anuncia el escritor en las primeras páginas.

A lo largo de este breve pero agudo ensayo, Arregui exhibe toda la elocuencia de una prosa que imantó a varias generaciones de militantes políticos. Con esmero didáctico, el pensador argentino enseña que, en nuestras condiciones, el ser nacional equivale a “conciencia antiimperialista, voluntad de construir una nación”16, y que “si la explotación de los países coloniales, debido a la internacionalización de la economía, carece de circunferencia, la cuestión nacional es, al mismo tiempo, parte indivisa de la situación mundial, y en el caso de la América ibérica, por parentesco geográfico, de lengua y de problemas, es conciencia histórica hispanoamericana, vale decir, la cuestión de la liberación nacional es impartible de la liberación de la América latina [sic], la gran nación inacabada por el empuje anglosajón durante el siglo XIX”17. Por eso es que, siempre según nuestro autor, el ser nacional, “desmondado de su cáscara ideal, no es otra cosa que el enfrentamiento de la América latina con Inglaterra y Estados Unidos, la conciencia revolucionaria de las masas frente a la cuestión nacional e iberoamericana”. Atendiendo a estas definiciones, no resulta extraño que, para Hernández Arregui, sólo resulte legítimo hablar de un “nacionalismo iberoamericano”18.

A este tema le dedica, asimismo, algunos tramos importantes de Nacionalismo y Liberación (1969). Pero lo desglosado hasta aquí de seguro otorga motivos más que convincentes para continuar indagando en la literatura arreguiana. Además, nuestro espacio se agota y todavía le restan algunos pliegues a este itinerario.

Allí lo tenemos a Rodolfo Puiggrós, exclamando desde su exilio mexicano que “América Latina es una y múltiple. Múltiple en la riquísima variedad de su naturaleza y en las pronunciadas desigualdades socioeconómicas […]. Una en el entrelazamiento de sus pueblos en el mismo destino histórico de pasar de lo inferior a lo superior por rutas inéditas”19.

Y también a la socióloga Alcira Argumedo, quien, a partir de identificar los rasgos de una matriz autónoma de pensamiento latinoamericano, da con el resorte epistemológico de la unidad regional. A su vez, en la misma tesitura que los pensadores ya reseñados, la profesora argentina apunta que “las nuevas articulaciones continentales que se están esbozando en el campo internacional indican que, en el mediano y largo plazo, no habría posibilidades de desarrollo para cada una de nuestras naciones si no se promueve una integración autónoma de América Latina, como base para establecer relaciones equitativas con las demás regiones del mundo y en particular con América del Norte”20. “La unidad de América Latina —agrega—, que se manifiesta en la sincronía de sus procesos históricos, marca a las naciones del continente como integrantes de un destino común”21.

Por último, cabe detenerse en el brasileño latinoamericano Darcy Ribeiro, para quien, “por encima de tantos factores de diferenciación —el origen del colonizador, la presencia o ausencia del contingente indígena y africano y de otros componentes— lo que sobresale en el mundo latinoamericano es la unidad del producto resultante de la expansión ibérica”22. Amparado en una vasta producción antropológica, Ribeiro no teme adentrarse en el debate sobre las razas en Nuestra América. En un artículo del año ‘78, enfoca la cuestión del siguiente modo:

 

[…] Con todos esos contingentes —presentes en mayor o menor proporción en una u otra región— se edificaron sociedades nacionales cuyas poblaciones son el producto del cruzamiento y que quieren seguir fusionándose. En ningún caso encontramos a los araucanos o a los andinos originales; ni a los europeos o asiáticos o africanos tal como eran cuando se desprendieron de sus matrices. Todos son neoamericanos cuya visión del mundo, cuyos modos de vida, cuyas aspiraciones —esencialmente idénticas— hacen de ellos uno de los rostros del fenómeno humano. En cierto sentido más humano porque, amalgamando genes procedentes de todos los cuadrantes de la tierra, se crearon pueblos mestizos que guardan en sí, en sus caras étnico-culturales, herencias tomadas de todas las matrices de la humanidad. Estas herencias, al difundirse en lugar de concentrarse en quistes étnicos y al imponerse a la matriz básica —principalmente ibérica, en algunos países, principalmente indígena o africana en otros— matizaron el panel latinoamericano sin quebrantarlo en componentes opuestos unos a los otros.23

 

Con un juicio análogo, Ribeiro se expide respecto de la cultura y de la lengua: “[L]os españoles, portugueses e ingleses que jamás lograron deglutir y asimilar los bolsones lungüístico-dialectales de sus reducidos territorios, al trasladarse a las Américas impusieron a sus colonias, inmensamente mayores, una uniformidad lingüística casi absoluta y una homogeneidad cultural igualmente notoria”24.

 

Darcy Ribeiro. Fuente: TV Brasil.

 

Al mismo tiempo, el brasileño pone de relieve las connotaciones que trae aparejada la expresión América Latina, tanto por su oposición socioeconómica y cultural con la América Anglosajona (“de cierta forma, es principalmente como alternos a la ‘América rica’ que los latinoamericanos se reúnen bajo la misma rúbrica”), como también por “la visión de otros pueblos” que “unifican y confunden a nuestros países como variantes de un mismo padrón de pueblos”. Para el autor, esta “visión arquitectónica externa, pese a ser construida con las ventajas e inconvenientes de la distancia y de la simplificación, tal vez sea la más verdadera”, en la medida que, infiere Ribeiro, “el observador lejano” podría razonar: “¿Acaso no son todos ustedes descendientes de la matriz indígena? ¿Los resultantes de la colonización ibérica? ¿Los que se emanciparon en el curso de un mismo movimiento de descolonización? ¿Los que, después de independientes, hipotecaron sus países, sin distinción, a los banqueros ingleses? ¿Los que fueron y están siendo recolonizados por las corporaciones norteamericanas?”25.

Pero en los hechos las cosas no resultan tan sencillas. El autor de Las Américas y la civilización repara en la existencia de una serie de barreras, en particular las de índole geográfica, que incomunican entre sí a los países de la región26. Con todo, el ex titular de la Casa Civil (durante el gobierno de João Goulart) persiste en la idea de que, junto a “estos factores de diversificación […], un motor de unidad e integración opera en América Latina, tendiente a uniformarla y unificarla”, derivado del fenómeno de que nuestros países sean “el producto de un mismo proceso civilizatorio —la expansión ibérica— que aquí implantó sus retoños, con prodigiosa capacidad de crecer y multiplicarse”. Para Ribeiro, tanto los grupos indígenas —“variados como son en sus pautas culturales y sus grados de desarrollo”— así como los núcleos africanos —provenientes de una “miríada de pueblos”— hubieran podido crear “múltiples rostros en el nuevo mundo, si hubiesen impuesto su impronta cultural de forma dominante”, cosa que en los hechos no ocurrió. El brasileño completa su desarrollo sosteniendo que el proceso civilizatorio en curso tiende a “reaglutinar a los pueblos” de la región y “quizás engendre la entidad política supranacional que en el futuro será el cuadro dentro del cual los latinoamericanos vivirán su destino”27.

Estas palabras revelan, a la vez que una esperanza, una comunidad de ideas que —sin desconocer la multiplicidad de enfoques y gramáticas que conviven en su interior— alberga tanto al hombre nacido en Minas Gerais como a los pensadores hispanoamericanos que hemos visitado previamente. Con ellas concluye nuestro recorrido. En una próxima entrega nos daremos el espacio para procesar todo lo que se ha dicho hasta aquí.

* Lic. y Prof. en Ciencia Política (UBA). Integrante del CEIL Manuel Ugarte (UNLa) y del Centro de Estudios para el Movimiento Obrero (CEMO).
1. Jauretche, A. (1984), Ejército y política. La patria chica y la patria grande, Buenos Aires: Peña Lillo; pp. 25 a 27 (mayúsculas del original).

2. Ibíd., p. 34.

3. Ibíd., p. 35.

4. Ibíd., p. 82.

5. Fuerza de Orientación Radical de la Joven Argentina. Como en tantos otros temas, también en este FORJA sirve de puente entre los dos movimientos nacionales del siglo XX argentino. En su declaración fundacional aparece una inmediata referencia a "los fines emancipadores de la Revolución americana" (A. Jauretche; FORJA y la década infame; Buenos Aires: Corregidor, 2011; p. 81). Lo mismo en su declaración neutralista "A ninguno de los dos bandos estamos unidos", donde afirma: "seremos los vencidos si no se establece la política nacional que defina la personalidad de la República en consonancia con su propio ser y en consolidación con los pueblos americanos de la misma estirpe" (ibid.; p. 114). Allí también se lee la afirmación de que el plan, la cultura y los medios necesarios para la reconstitución de las fuerzas armadas "sólo pueden metodizarse y adquirirse sobre la base de la unión militar con los países vecinos, de la restaurada comprensión de la defensa común con ellos y del consiguiente señalamiento de los enemigos externos de nuestra organización nacional", para concluir con el anhelo de una Argentina que, "como en los días iniciales de la patria, se proyecte en América hacia un destino común" (ibid.; p. 117).

6. Ramos, J.A. (1968), “Advertencia” a la 1ra. edición de Historia de la Nación Latinoamericana, Buenos Aires: Peña Lillo.

7. En los términos utilizados por Ramos, “una historia completa de los combates físicos y teóricos librados para unificar América Latina”, o también “la crónica razonada de las luchas que nuestro pueblo libró para reunirse en una Nación” (Ibíd.).

8. Ramos, J. A. (2012), Historia de la Nación Latinoamericana, Buenos Aires: Continente; p. 309.

9. Ramos, J. A. (2012), Historia de la Nación Latinoamericana, Buenos Aires: Continente; p. 417 y 418.

10. Trías, V. (1960), El imperialismo en el Río de la Plata, Buenos Aires: Coyoacán; pp. 11 y 12.

11. Trías, V. (1989), Imperialismo y geopolítica en América Latina, Ediciones de la Banda Oriental: Montevideo; p. 273 y 274. Casi treinta años después del texto editado por Coyoacán, Trías reemplaza el término unidad por el de integración.

12. Demorémonos un poco en este punto. Arregui comienza su razonamiento diciendo que “Cultura es un estilo de vida, con rasgos regionales o nacionales diversos articulados a valores colectivamente intuidos como frutos del suelo mediante el nexo unificador de la lengua y experimentados como la conciencia, cerrada en sí misma, en tanto resistencia a presiones externas, de una continuidad histórica en el espacio y en el tiempo, afirmada en tendencias de defensa y en la voluntad de trascender fuera de sí”. Sobre la base de esa definición, el escritor procura localizar los elementos unitarios de la cultura latinoamericana, postulando, para ello, la influencia recíproca que existe entre la geografía, la cultura y la técnica. Fruto de la interpenetración de esos factores, Arregui da cuenta de un arte “geográficamente emparentado” (evidente sobre todo en la música) y —al margen de “islotes culturales como la Argentina”— de carácter “indocéntrico” (habla de una poesía que es deudora del paisaje, de “un universo geográfico que actúa como excitante cultural”); un folklore compartido (entendido como el “humus ancestral” de una cultura, sus “residuos arcaicos, fantásticos y poéticos”, la imagen colectiva de lo autóctono, el “depósito del genio racial”), “substractum común” que se verá fortalecido con el avance de “la Técnica” y que, según el autor, “disolverá las distinciones accidentales de las áreas culturales limítrofes”, nivelándolas en una “unidad superior”, en una “Cultura Madre”. Luego hablará, para referirse a esto mismo, del problema de la industrialización, argumentando que esta sólo puede ser realizada por un Estado nacional fuerte en combinación con los países de la región, y que sin ella es ingenuo pensar en la independencia económica, base de la soberanía nacional y de la autonomía cultural. A todos estos elementos se agrega un devenir histórico que ha fusionado razas y civilizaciones (por eso es la nuestra una actitud “culturalmente bipolar”, que nos coloca dentro de Occidente pero como algo nuevo, bifurcado) y que, producto “de la lucha común […] contra el poder disgregador de Europa”, ha destilado una “voluntad defensiva contra lo extranjero”, una “cohesión refractaria” que reposa en el “carácter homogéneo de una Cultura vigorosamente consolidada en los países integrantes de la gran comunidad y fundada en una religión, creencias, instituciones, costumbres y lengua comunes, traídas y arraigadas en estas tierras por España” (de allí “nuestro sentimiento no europeo de hispanidad”, que sin embargo no rehúye al cambio, ni implica “caer en un ‘hispanismo’ abstracto, intelectual, reaccionario”, pues “nuestra Cultura es de raíz hispánica, pero la construcción de nuestro destino es americana”). Finalmente, dentro de ese conjunto de herencias, Hernández Arregui destaca la importancia de la lengua, “el líquido que empapa y preserva las profundidades uterinas de la Cultura”, por medio de la cual pensamos, sentimos y padecemos en común “nuestra historia continental”, y el elemento donde nuestros pueblos “han encontrado la fuerza espiritual simbólica de la tierra y el soporte colectivo de su conciencia histórica” (Imperialismo y cultura, Buenos Aires: Continente, 1ra. ed., 2004, pp. 237 a 251). Todo esto vuelve a ser tratado y precisado en ¿Qué es el ser nacional? (Continente, 2da.ed., 2017, pp. 104 a 141).

13. Imperialismo y cultura, Buenos Aires: Continente, 1ra. ed., 2004; p. 252.

14. Op. Cit.; p. 253.

15. Pocas líneas más abajo, Arregui previene que “el tema de la América hispánica desborda a un solo escritor, y debe ser, dadas las actuales condiciones del continente, tarea de equipos universitarios coordinados de los diversos países iberoamericanos”, cosa que “sólo se logrará cuando las universidades estén al servicio de sus países y no del coloniaje […]” (¿Qué es el ser nacional?, Buenos Aires: Continente, 2da. ed., 2017, p. 12). Más adelante asevera: “La exigencia de ahondar en la realidad de la América hispánica responde al imperativo de contemplarnos como partes de una comunidad mayor de cultura. Y en tal orden, el estudio de la historia iberoamericana es la sustancia de nuestra formación como argentinos” (Ibíd.; pp. 21 y 22).

16. En tanto objeto “compuesto de factores reales”, el “ser nacional” es “una comunidad establecida en un ámbito geográfico y económico, jurídicamente organizada en nación, unida por una misma lengua, un pasado común, instituciones históricas, creencias y tradiciones también comunes conservadas en la memoria del pueblo, y amuralladas, tales representaciones colectivas, en sus clases no ligadas al imperialismo, en una actitud de defensa ante embates internos y externos, que en tanto disposición revolucionaria de las masas oprimidas, se manifiesta como conciencia antiimperialista, como voluntad nacional de destino” (¿Qué es el ser nacional?, Buenos Aires, Ed. Continente, 2017, pp. 20 y 21; cursivas del original).

17. A esta altura el lector(a) podría preguntarse por qué Arregui utiliza varias denominaciones para referirse a nuestra región. Al respecto, el autor puntualiza lo siguiente: “Cuando […] se habla de América latina, nos referimos —sin agotar la distinción— a su realidad económica y política presente. En cambio, cuando designamos la historia y la cultura de estos pueblos, preferimos hablar de América hispánica o Iberoamérica. […]” (¿Qué es el ser nacional?, Buenos Aires, Continente, 2da. ed., 2017, p. 28).

18. Op. Cit., pp. 20 y 21.

19. Puiggrós, R. (1965), Integración de América Latina. Factores ideológicos y políticos, Buenos Aires: Jorge Álvarez; p. 70.

20. Argumedo, A. (1993), Los silencios y las voces en América Latina. Notas sobre el pensamiento nacional y popular, Buenos Aires: Ediciones del Pensamiento Nacional; p. 328.

21. Ibíd., pp. 332 y 333.

22. “La cultura latinoamericana” en Latinoamérica. Cuadernos de cultura latinoamericana, Ciudad de México: UNAM; p.11. En esto la coincidencia con Hernández Arregui es diáfana. Para Ribeiro, no conviene “exagerar la influencia del elemento indígena, como lo hacen los indigenistas extremos. El elemento indio, en nuestra Cultura, existe. Pero notablemente transformado por el choque contundente con una civilización superior, por el remodelamiento lingüístico, que es siempre transfiguración del sentimiento originario, asociado a los mitos y leyendas, por contactos sucesivos, migraciones y estratificaciones raciales e históricas diversas y por múltiples influjos, en lo esencial, enrevesados y asimilados al núcleo vital español, que se mantuvo intacto, en medio de los entrecruzamientos culturales que lo asediaron, aunque absorbiendo muchos elementos exógenos y adaptándose a la peculiaridad de cada región. Núcleo vital, por eso, que aquí dejó de ser enteramente hispánico, para convertirse en hispanoamericano. Y es que las cualidades raciales no existen, sino como derivados de las culturas a las que se unen y las condicionan. Y las culturas, como esas razas, son también móviles, susceptibles de multiformes y complejos desarrollos en función de las cambiantes circunstancias históricas. De cualquier modo, la presencia de un acervo folklórico indoamericano, transvasado a las formas hispánicas de expresión, prueba empíricamente la presencia de una realidad cultural proliferante” (Imperialismo y cultura, Buenos Aires: Continente, 1ra. ed., 2004, p. 244). Dicho esto, vale la pena insistir con que Arregui no se enreda en devaneos hispanistas. Para el argentino, “[es] tan ‘baldía’ la leyenda negra como la apologética” (¿Qué es el ser nacional?, Buenos Aires, Continente, 2da. ed., 2017, p. 28).

23. Op. Cit.; pp. 11 y 12.

24. Op. Cit.; p. 12.

25. Op. Cit.; pp. 12 y 13.

26. Ribeiro lo pone de este modo: “[…] nadie ignora que a la contigüidad continental de América Latina, no corresponde una estructura sociopolítica que la unifique. […] La propia unidad geográfica jamás operó como factor de unificación […]. Todavía hoy, los latinoamericanos vivimos como si fuéramos, un archipiélago de islas que se comunican por mar y por aire y que con frecuencia se vuelcan hacia afuera […]. Las mismas fronteras latinoamericanas corriendo a lo largo de la cordillera desértica o de la selva impenetrable aíslan más que comunican y raramente posibilitan una convivencia masiva” (Op. Cit.; pp. 15 y 16). Algo similar vuelve a opinar Arregui, cuando dice que: “El espacio americano –incitante y pavoroso– existe, es un hecho sociológico real. Es el fundamento material, y sin cuya presencia el planteamiento de la cuestión sería ocioso, de la configuración geopolítica de Hispanoamérica. Pero Hispanoamérica no es puro espacio. El mero espacio es privación. Y aunque la comprensión de nuestra ubicación en el mapa es indispensable para predecir nuestro destino, el espacio como tal, es más bien la materia que resiste a las fuerzas dinámicas de la Cultura. Ya que ese mismo espacio, parcelado en fronteras y como tal concebido, ha sido y es, el gran obstáculo para el surgimiento de una América Hispánica como potencia del poder mundial (Imperialismo y cultura, Buenos Aires: Continente, 1ra. ed., 2004, p. 239)

27. Op.Cit.; p.16.

Imagen de portada: Guillermo Núñez. “Héroes para recortar y armar”, 1969. Óleo sobre tela, 158 x 182,5 cm. Fuente: https://showrooms.itgalleryapp.com/