La unidad latinoamericana en el pensamiento político del siglo XX (I)

El autor realiza una cartografía mínima de escrituras y discursos en torno de la unidad regional, producidos por el pensamiento político —de raíz nacional latinoamericana— durante la segunda mitad del siglo XX. A continuación, la primera parte.
Por Carlos Javier Avondoglio *

Cuando pensamos en la unidad de América Latina y el Caribe casi siempre nos remitimos, aún sin quererlo, a un ideal muy grande y muy antiguo.

—A un postulado ingenuo y artificial, murmurarán desde alguna esquina los más escépticos. A un exceso de fe, se apiadará alguno.

Ciertamente, la majestuosidad quijotesca con la que se la suele revestir ha ido borroneando los contornos de una causa que supo mover montañas (físicas y espirituales), disolviéndola entre los vapores de una verborragia tan colorida como rutinaria, conjugándola en un eterno pretérito o en un futuro escurridizo, o encumbrándola, en palabras de Mariátegui, “a una altura inasequible a gestas y hombres menos románticos” que los que animaron las luchas por la independencia.

Es necesario, entonces, apartar por un momento las retóricas henchidas de buenas intenciones1 —pero a menudo desprovistas de buenas razones— así como su contracara, los indiferentes recetarios tecnocráticos, y efectuar un doble movimiento que implique relocalizar los fundamentos políticos de la unidad regional para, sobre esas bases, despejar su sentido en el presente.

 

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Primero fueron las armas, con San Martín, Bolívar y Artigas. Luego las letras, con Manuel Ugarte y la generación del ‘9002. Por último, y hasta la actualidad, la política, con Juan D. Perón como principal arquitecto. He ahí el itinerario básico de la lucha por la unidad latinoamericana: armas, letras y —reabsorbiendo al conjunto— política. En este último momento la historia quedó, digamos, demorada. De allí la importancia de sumergirnos en él.

Pese al salto de escala que supuso el peronismo, dicho movimiento no ejecutó los primeros compases en el ciclo político de la unidad regional. Hay una generación que, dos décadas antes del ascenso de Perón al gobierno, ensayaría ese pasaje de la divulgación a la lucha política. Se trata, como deducirá el lector(a), de la juventud latinoamericana que tuvo como principales emblemas a los peruanos Víctor Raúl Haya de la Torre y José Carlos Mariategui3.

Si la suerte política de esa juventud rebotó entre los estrechos márgenes de los sectores medios de la sociedad, sus planteos, no obstante, penetraron por diversos caminos en la conciencia de las masas populares. Forjadores de un discurso punzante que brotó como un rumor en los pasillos universitarios y se amplificó en tarimas improvisadas en las calles de las grandes ciudades, estos jóvenes lograron tender un conducto con los retos pendientes de nuestra entreverada historia. Retos que, por encontrarse orillados y envueltos en telarañas, no dejaban de sangrar, condenando a los pueblos latinoamericanos a un presente y un futuro anémicos.

Se produjo así una verdadera restitución intelectual que poco más tarde trocaría en voluntad política. Una restitución que, para ser justos, aquella juventud le debía a la generación precedente, la cual —primero a base de tanteos, mas luego con determinación4— se había entregado a la espinosa tarea de desarmar la historia parcelada de las patrias chicas para encontrar lo que se escondía en sus mazmorras: el sueño de la patria grande. (Una especie de algoritmo que permitía recodificar, tras un largo extravío europeo, el destino de estos países).

Hoy sabemos que el precio que aquellos hombres del ‘900 pagaron por semejante insolencia fue el del olvido planificado. Sin embargo, el inmerecido desprestigio que, como una lápida, cayó sobre ellos, no pudo impedir que sus ideas asfaltaran el camino para los que vendrían luego. Efectivamente, fue sobre sus anchos hombros que la juventud reformista pudo anunciar el campanazo de una hora americana en junio de 1918. Y fue probablemente gracias a su ardua tarea que, hacia 1924, Mariátegui podía aseverar: “Los pueblos de la América española se mueven, en una misma dirección. La solidaridad de sus destinos históricos no es una ilusión de la literatura americanista. Estos pueblos, realmente, no sólo son hermanos en la retórica sino también en la historia”5.

Contando apenas veintitantos años, el hijo más renombrado de esa generación, Víctor Raúl Haya de la Torre, se refería a nuestro tema de la siguiente manera:

Uno de los más importantes planes del imperialismo es mantener a nuestra América dividida. América latina, unida, federada, formaría uno de los más poderosos países del mundo, y sería vista como un peligro para los imperialistas yanquis. Consecuentemente, el plan más simple de la política yanqui es dividirnos. Los mejores instrumentos para esta labor son las oligarquías criollas y la palabra mágica para realizarla es la palabra ‘patria’. Patria chica y patriotismo chico, en América latina, son las celestinas del imperialismo […]. […] Y saben bien quienes en América latina nos dominan que el culto de la patria chica es un culto suicida. Saben bien que dividir nuestra América con odios es abrir las puertas al conquistador […]. […] ¡Sí, lo saben; no es cuestión de enseñárselo! […]. El único camino de los pueblos latinoamericanos que luchan por su libertad es unirse contra esas clases […]. Acusar y castigar a los mercaderes de la patria chica y formar la patria grande. […] Nos preparamos para la lucha; nos preparamos para la obra de unir a los pueblos de América latina bajo la égida de los trabajadores. Nos preparamos a defenderla del conquistador y a defenderla del traidor.6

 

Víctor Raúl Haya de la Torre, por Juan Carlos Silva. Fuente: Internet.

 

Allí aparece, desnuda, la fórmula invariable que los centros mundiales de poder (con Gran Bretaña a la cabeza) han desplegado en nuestra región desde el minuto final de las guerras de la independencia, e incluso desde antes, cuando comenzara a languidecer el dominio español sobre estos territorios. Con la mirada atenta en este problema, el fundador de la Alianza Popular Revolucionaria Americana (APRA) dedicó muchos de sus artículos, cartas y mensajes a pasar en limpio los factores que hacían de la unidad regional un requerimiento político y económico impostergable, base de la soberanía y de la libertad de los pueblos de la América meridional y central:

En el mapa económico del mundo, Indoamérica es una sola región colonial o semicolonial. Hasta hace pocos años en algunas de nuestras Repúblicas, en las más avanzadas de Sudamérica especialmente, existía la ilusión de la independencia económica. Particularmente en los países donde la influencia inglesa —detenida en sus efectos políticos por la rivalidad yanqui— no había sido balanceada o superada por ésta. […] La cuestión que hoy plantea el imperialismo a nuestros pueblos es una cuya respuesta no puede eludir ninguno: ¿Estáis seguros de vuestra libertad? ¿Sois, en realidad, Estados soberanos? […]. El problema primario de nuestros países es, pues el problema de la libertad nacional amenazada por el imperialismo que impedirá por la violencia todo intento político o social de transformación que, a juicio del imperio yanqui, afecte sus intereses. […]. […] Nuestra primera tarea política es, consecuentemente, la tarea de defender nuestra soberanía. En esta obra de defensa ningún país aislado puede obtener la victoria. Si el peligro es común, económico con proyecciones políticas, la defensa tiene que ser también común. De ahí la necesidad elemental de un partido de franca orientación antiimperialista; partido único indoamericano que lleve un plan expreso de acción realista para afrontar el gran problema. Y un partido así no necesita de interminables programas complicados. Basta uno breve y conciso que exprese un enunciado sintético de doctrina y de acción comunes.7

Nada menos que un partido único indoamericano de orientación antiimperialista. Los sables de San Martín y Bolívar resplandecían en las utopías de la joven generación latinoamericana. Y pronto volverían a cortar.

 

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Si hay un mérito que podemos anotarle a la juventud de entreguerras —y esto independientemente de la deriva de algunos de sus máximos exponentes— es el de haber recorrido la convulsionada frontera entre dos épocas y depositado el mensaje en el remanso indicado, donde fuerzas más grandes aguardaban su tiempo8.

A comienzos de los años ’50, sería el líder del movimiento peronista el que tendería la viga maestra sobre la cual podía —y puede— edificarse la unidad de los países de Latinoamérica. Un escueto artículo y una conferencia de aquellos años contienen los fundamentos básicos de su proyecto; nos referimos a Confederaciones continentales de diciembre de 1951 (publicado en Democracia bajo el pseudónimo Descartes)9 y al mensaje leído el 11 de noviembre de 1953 en la Escuela Superior de Guerra.

El razonamiento esgrimido en el primero de esos documentos es muy simple, y de allí su fuerza: las luchas del futuro —sostenía Perón— serán por el predominio económico y estarán organizadas por el desbalance de población y recursos entre las distintas áreas del planeta10. En ese marco, América latina, codiciada por sus excelentes reservas, sólo podrá dirigir su destino si se pone a la altura de la historia, es decir, si se conforma como un Estado continental. “Vivimos en el siglo XIX en pleno siglo XX” alertaba el entonces presidente, persuadido de que al siglo de las nacionalidades seguiría inexorablemente la era del continentalismo (que a su vez desembocaría en “la desaparición de las rivalidades, odios y divisiones continentales”)11.

En su breve escrito, el mandatario argentino proponía retomar la senda del ABC —la unión entre Argentina, Brasil y Chile—, proyecto ideado algunas décadas atrás por el Barón de Río Branco y que había sucumbido debido a los “trabajos subterráneos del imperialismo empeñado en dividir e impedir toda unión propiciada o realizada por los ‘nativos’ de estos países ‘poco desarrollados’ que anhela gobernar y anexar, pero como factorías de ‘negros y mestizos’”.

 

Fuente: CEDINPE.

Adelantándose varios pasos a su época, Perón no vacilaba al presagiar que “a la Tercera Guerra Mundial de predominio ha de suceder una carrera anhelante de posesión territorial y reordenamiento productivo. De ello se infiere que un grave peligro se desplazará sobre los países de mayores reservas territoriales aptas. La amenaza procederá de un imperialismo triunfante, cualquiera sea éste”. Y continuaba: “La batalla por esa nueva forma colonial [asalto comunista o penetración económica, N. del A.] se decidirá sin duda en el último cuarto del siglo XX. El año 2000 llegará con ese signo o con el triunfo de las confederaciones continentales”.

Si se mira bien, en este mensaje —al igual que en el de 1953— puede advertirse el ademán prospectivo, por momentos profético, que singulariza al pensamiento de Perón. Las ideas de etapa, fatalidad y destino son, en el líder argentino, una suerte de troquel que le imprime una forma y una secuencia a toda su maquinaria reflexiva, poblándola de axiomas y vaticinios. Sirva esta digresión para explicar por qué, luego de anunciar la proximidad del “conflicto más colosal de nuestro tiempo entre Asia unida” y Occidente, el gran caudillo desafiaba:

[...] ¿qué hacemos los sudamericanos? Vivimos en pleno siglo XIX en el siglo XX, cuando el porvenir puede ser nuestro según las reglas del fatalismo histórico y geográfico, a condición de despertarnos a tiempo. El centro de gravedad del mundo en la civilización grecorromana se ha desplazado sin cesar hacia el sur. Del Adriático al Mediterráneo, de éste al Atlántico Norte, de Europa a América del Norte. El futuro ha de tocarnos a nosotros. Por lo menos estamos sindicados en el devenir histórico por situación de tiempo y espacio.

En otras palabras, los pueblos latinoamericanos debían, a través de su enlazamiento —y dentro de un plazo no excesivo—, sincronizar los relojes de la historia y la política, ponerse a la altura del nuevo tiempo12.

Pero la exposición no declinaba allí. Seguidamente, el líder justicialista desplazaba el discurso a la esfera táctica (toda gran empresa tiene su ¿por dónde empezar?), y exponía su convencimiento de que “la unidad comienza por la unión y ésta por la unificación de un núcleo básico de aglutinación”. Para el mandatario argentino, como dijimos, este núcleo equivalía a la conformación de un “nuevo ABC”. Adentrado en esa ruta de ideas, Perón concluía lanzando una convocatoria que, bajo la sombra de los años, aún conserva su brillo:

[…] El futuro mediato e inmediato, en un mundo altamente influido por el factor económico, impone la contemplación preferencial de este factor. Ninguna nación o grupo de naciones puede enfrentar la tarea que un tal destino impone sin unidad económica.13

[…] Ni Argentina, ni Brasil, ni Chile aisladas pueden soñar con la unidad económica indispensable para enfrentar un destino de grandeza. Unidas forman, sin embargo, la más formidable unidad a caballo sobre los dos océanos de la civilización moderna. Así podrían intentar desde aquí la unidad latinoamericana con una base operativa polifásica con inicial impulso indetenible.

Desde esa base podría construirse hacia el norte la Confederación Sudamericana, unificando en esa unión a todos los pueblos de raíz latina. ¿Cómo? Sería lo de menos, si realmente estamos decididos a hacerlo.

Si esa confederación se espera para el año 2000, qué mejor que adelantarnos, pensando que es preferible esperar en ella a que el tiempo nos esté esperando a nosotros.

Sabemos que estas ideas no harán felices a los imperialistas que “dividen para reinar”. Pero para nosotros los peligros serán tan graves desde el instante en que la Tercera Guerra Mundial termine, que no hacerlo será un verdadero suicidio.

Unidos seremos inconquistables; separados, indefendibles. Si no estamos a la altura de nuestra misión, hombres y pueblos sufriremos el destino de los mediocres. La fortuna nos ha de tender la mano. Quiera Dios que atinemos a asirnos de ella. Cada hombre y cada pueblo tienen la hora de su destino. Esta es la de los pueblos de estirpe latina.

Dejaremos para mejor ocasión el tratamiento de la conferencia dictada por Perón en 1953 (aquella donde lanza su famoso apotegma: “unidos o dominados”). En lo dicho hasta aquí estriba lo fundamental, y lo que hechizó al uruguayo Alberto Methol Ferré. En efecto, es a partir del conocimiento de estos documentos que el pensador uruguayo —o argentino oriental, como él prefería llamarse— se brinda a la elaboración de una teoría que tiene en su centro al Estado continental industrial14.

En otra parte hemos examinado in extenso la obra de Methol. Aquí nos bastará con señalar que para este filósofo, teólogo e historiador, el mundo se encontraba a las puertas de una nueva era histórica —la de los “grandes espacios”—, y el ingreso soberano de la región en esta fase, caracterizada por una elevación técnico-científica, productiva y moral, dotada de mayores grados de eticidad y justicia, presuponía la conformación de un Estado Continental latinoamericano, cuya condición de posibilidad residía en la semejanza religiosa, cultural y lingüística entre los diferentes pueblos que la habitan.

 

Fuente: CEDINPE.

 

Si su enorme contribución pudiera comprimirse en una decena de palabras, deberíamos decir que Methol Ferré es quien dejó dicho de una vez y para siempre que la geopolítica latinoamericana es una geopolítica de la integración. Lograda la articulación de sus principales centros de poder (Argentina y Brasil), el anudamiento del conjunto regional se dará por añadidura, y con éste la realización de aquellos objetivos estratégicos que, en solitario, resultan inalcanzables, como los relacionados a la soberanía, la defensa o el desenvolvimiento productivo y cultural15. Es decir, en la clave de Methol, la integración posibilitará —y empujará— al resto de las cosas16.

Hacemos un alto aquí. En una segunda entrega completaremos este mapeo de nombres y lecturas que, puestos a dialogar, arrojan las contraseñas de una causa por la que entregaron su vida miles de hombres y mujeres que sintieron y pensaron a América Latina como su verdadera patria. Y a quienes, en lo más íntimo, debemos estas páginas.

* Lic. y Prof. en Ciencia Política (UBA). Integrante del CEIL Manuel Ugarte (UNLa) y del Centro de Estudios para el Movimiento Obrero (CEMO).
1. No intentamos efectuar una diatriba general contra los usos de la retórica, la cual constituye, después de todo, un recurso elemental en la activación de las sensibilidades colectivas. Mucho menos queremos cercenar el tenor épico que reverbera en todo emprendimiento político de magnitud. Específicamente rechazamos aquella retórica que gira sobre sí misma, sin lograr —ni pretender— conectar con la razón política e histórica que anida en el proyecto de unidad continental, a la cual nos proponemos acceder (someramente, claro) en este trabajo.

2. Los nombres más salientes de esta generación fueron, junto a Ugarte, José Martí, José Enrique Rodó, Rufino Blanco Fombona, Pedro Henríquez Ureña, Amado Nervo, Rubén Darío, José Ingenieros, José María Vargas Vila y José Santos Chocano, entre otros.

3. La Reforma Universitaria iniciada en Córdoba había tenido sus efectos más incisivos fuera de su lugar de origen, la Argentina, donde el reformismo no terminaba de asimilar en los hechos al movimiento nacional que lo entornaba y, en gran medida, lo posibilitaba. De tal modo, el estudiantado había encastrado mejor con los sectores populares en otras zonas de América Latina, entre ellas el Perú, donde un jovencísimo Víctor Raúl Haya de la Torre —la figura más destacada de esa generación conmovida por la carnicería imperialista de la Gran Guerra y el sismo de la Revolución Rusa— plantearía de forma temprana algunos de los grandes núcleos que estructurarían el debate político latinoamericano en las siguientes décadas, y que podían comprimirse en el lema aprista: “Contra el imperialismo, por la unidad política de América Latina, para la realización de la justicia social”.

4. La conciencia latinoamericana de aquella generación comenzó a agitarse como un reflejo defensivo frente a la intervención yanqui en Cuba y Puerto Rico.

5. Mariátegui. J.C. (1924), “La unidad de la América Indo-Española”, en: La tarea americana (selección de textos), Ed. Prometeo, Buenos Aires, 2010.

6. Haya de la Torre, V.R. (1927), Por la emancipación de América Latina, Artículos, Mensajes, Discursos (1923 - 1927), M. Gleizer Editor, Buenos Aires, 1927, págs. 111-114.

7. Ídem, págs. 111-115.

8. La simplificación que todo esquema por etapas requiere, no debe hacernos pasar por alto que, para esa época, el estrechamiento de los lazos de vecindad ya formaba parte de las preocupaciones de gobernantes que (aunque en un grado de conciencia menor al que se vería luego —pues faltaban las bases que pondrían las sucesivas crisis del imperialismo—) ya comenzaban a musitar el idioma de la unidad latinoamericana. Tal es el caso de Hipólito Yrigioyen (recuérdese el saludo argentino a la bandera dominicana en plena ocupación yanqui, la devolución de los trofeos de guerra al Paraguay, la convocatoria a un Congreso de Naciones Latinoamericanas no beligerantes en el marco de su neutralidad ante la guerra —lo que ya entrañaba un tercerismo—) o de Álvaro Obregón (cuyo ministro de Cultura era nada menos que José Vasconcelos). Las fronteras entre las etapas no son estáticas sino dinámicas; como toda frontera, registran un tránsito.

9. Los fragmentos citados a continuación fueron tomados de: Descartes (seudónimo de Juan D. Perón), Política y estrategia, Buenos Aires: S.I.P.A., 1951.

10. Perón sostuvo esta idea base hasta el final. Años más tarde, en un discurso del 7 de febrero de 1974 ante delegados de la Federación Mundial de Empleados de Comercio y Técnicos, aún insistía con que “la única solución geopolítica es producir más y repartir mejor los medios de producción”.

11. Esta idea descansa en una perspectiva antropológica —con implicancias geopolíticas— firmemente teleológica, que Perón, en más de una oportunidad, enunció de esta manera: “Es indudable que la evolución de la humanidad en sus diversos aspectos vitales, nacionales e internacionales, se dirige, como ha sucedido a lo largo de la historia de nuestro planeta, hacia integraciones mayores. Del hombre aislado a la familia, de ésta a la tribu, al estado primitivo, la ciudad, el estado medieval, la nacionalidad y ahora el continentalismo. Como esta evolución no ha de detenerse allí, frente a una Tierra empequeñecida no en el tiempo, sino en el espacio, por el progreso de la velocidad de los medios técnicos modernos, debemos pensar que la próxima etapa de la evolución ha de ser el Universalismo” (“Hacia el universalismo”, 18 de julio de 1972). La lectura de este pasaje pone de manifiesto, como ya se ha señalado muchas veces, el conocimiento que Perón tenía de la obra de Friedrich Ratzel y en particular de su “ley de los espacios crecientes”.

12. Tan es así que, un par de décadas más tarde, el mandatario argentino definía a la revolución como “los cambios estructurales necesarios que se practican para ponerse de acuerdo con la evolución de la humanidad, que es la que rige todos los cambios que han de realizarse”. “El hombre —continuaba— cree a menudo que él es el que produce la evolución. En esto, como en muchas otras cosas, el hombre es un poco angelito. Porque es la evolución la que él tiene que aceptar y a la cual debe adaptarse. En consecuencia, la revolución por los cambios del sistema periférico que es lo único que el hombre puede hacer, es para ponerse de acuerdo con esa evolución que él no domina, que es obra de la naturaleza y del fatalismo histórico. Él es solamente un agente que crea un sistema para servir a esa evolución y colocarse dentro de ella” (discurso del 30 de julio de 1973 en la Confederación General del Trabajo).

13. Como venimos observando, la geopolítica de Perón pareciera estar modelada por un fondo o sustrato eminentemente materialista, lo cual, a contraluz de otros tramos de su doctrina, puede resultar llamativo. Mariátegui, décadas antes, llamaba la atención sobre este mismo aspecto: “Por muy escaso crédito que se conceda a la concepción materialista de la historia, no se puede desconocer que las relaciones económicas son el principal agente de la comunicación y la articulación de los pueblos”. Y refiriéndose a la región, agregaba: “Es cierto que estas jóvenes formaciones nacionales se encuentran desparramadas en un continente inmenso. Pero la economía es, en nuestro tiempo, más poderosa que el espacio. Sus hilos, sus nervios, suprimen o anulan las distancias. La exigüidad de las comunicaciones y los transportes es, en América Indo-española, una consecuencia de la exigüidad de las relaciones económicas. No se tiende un ferrocarril para satisfacer una necesidad del espíritu y de la cultura” (1924).

14. Methol hace de ésta una noción perimetral, puesto que la misma permite establecer el nuevo umbral o paradigma político-espacial al que deben aspirar los pueblos que pretendan seguirle el paso a la —siempre evanescente— huella de la historia.

15. Esta y otras aseveraciones que aquí soltamos raudamente, descansan en un riguroso y persuasivo sistema de nociones geoestratégicas que Methol construye a lo largo de su obra. Para una sinopsis de dicho sistema, puede consultarse: Avondoglio, C. “Destino latinoamericano: una aproximación a la obra de Methol Ferré”, Revista Movimiento, octubre 2019.

16. “En el problema de la integración está contenido en síntesis el de la lucha por la justicia, por la investigación científica, por la adquisición de técnica y tecnología, problemas que no están al alcance de países individuales y separados” (Methol Ferré, La América Latina del siglo XXI, Editorial Edhasa, Buenos Aires, 2006, pág. 97).